Desde el primer momento aquel caballero me hizo sentir especial. Su mirada sincera, su sonrisa amable y su simple presencia me hacían sentir muy bien. Me gustaba caminar a su lado y compartir con él mi camino. Él quería que estuviéramos juntos se esforzaba por hacerme sentir que tenerme a su lado le gustaba. Yo no tuve ninguna duda de que era así. Y caminamos... Pronto, muy pronto, quiso llevarme de la mano a bellos lugares que ya conocía. Lugares donde alguna vez, como él decía, ya habíamos estado juntos aún sin conocernos.
Primero fué Galicia, un lugar mágico, tierra de meigas a las que sentí cómplices de nuestro encuentro. Después Santiago de Compostela. Una calle estrecha con aire del pasado. Y al final de aquella calle la luna, guiando nuestros pasos, pasos que dábamos embelesados el uno con el otro.
Plaza del Obradoiro y la catedral, testigos ambas de un tiempo infinito de miradas y silencios que hablaban. El primer ´te quiero´, simple y rotundo. Momentos de almas entrelazadas y ausentes, lejos del mundo que las rodeaba.
Melide. El mar. Las olas. Y las centellas incesantes que adornaban sus crestas y que caprichosas quisieron bautizar, con el sol resplandeciente como testigo, la unión de nuestras almas...
Y seguimos encantados de la mano, pletóricos y llenos de la fuerza y la felicidad que nos dábamos mutuamente, recorriendo aquellos senderos que nos llevaban a diferentes lugares. Todos diferentes. Todos especiales. Nuestros.
Y sentimos que se iba creando un Nosotros muy poderoso entre aquel hombre y aquella mujer. Y comenzamos a creer que juntos las cosas serían más bonitas. Y que quizás alguien había obrado para que nuestros caminos se cruzaran justamente ahora.
Y el tiempo pasaba...

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